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El cantar de las piedras y el río: Crónica viva de la Estancia San Francisco.
Había una vez, en un recodo donde las aguas serenas del arroyo San Francisco se encuentran con la inmensidad dorada del Río Uruguay, una tierra donde el tiempo aprendió a descansar sin borrarse jamás. Quien llega hoy a este rincón con una mochila al hombro y el corazón abierto al camino, no pisa un suelo común: camina sobre las páginas vivas de una leyenda sudamericana, un refugio donde cada barranca, cada sendero y cada piedra centenaria tienen un secreto milenario que susurrar.
Mucho antes de que los hombres dibujaran fronteras o de que nacieran las naciones modernas, estas riberas ya eran un territorio sagrado. Cientos de años antes de nuestra era, sobre las suaves elevaciones arenosas y albardones del Holoceno —las conocidas "playas colgadas"—, se deslizaban las canoas de los pueblos chanás y guaraníes. Aquellos primeros habitantes moldearon con la arcilla de la costa extraordinarias vasijas ceremoniales con figuras modeladas de aves, reptiles y peces de la tradición Goya-Malabrigo. Pescadores y cazadores diestros, honraban a sus ancestros cubriendo sus restos con ocre rojo y grasa antes de encomendarlos al seno de la tierra. Para aquellas almas originarias, el arroyo no era una simple corriente de agua, sino una arteria generosa que nutría su existencia.
Los siglos avanzaron río abajo y transformaron el paisaje sin arrebatarle su misterio. Hacia mediados del siglo XVIII, la inmensa estancia misionera de Yapeyú extendió sus confines hasta estas latitudes. El espacio natural comprendido entre el río Queguay y el arroyo San Francisco funcionó como un prodigioso embudo o "corral natural": allí, intrépidos troperos indígenas contenían tropeles de hasta diez mil reses chúcaras antes de desafiar la corriente y cruzarlas a nado hacia Entre Ríos. Fue en esa misma época cuando el paraje comenzó a ser llamado en lengua guaraní Y Paúçandó —que traduce "isla interpolada en el río"—, hermosa voz vernácula que con el transcurso de las décadas terminaría otorgándole su nombre a toda la comarca de Paysandú.
Hacia el año 1754, sacerdotes e indios misioneros levantaron en este predio una de las residencias de piedra más primitivas de todo el litoral. Era una robusta estanzuela de cimientos de roca viva, muros de casi un metro de espesor levantados para desafiar los vendavales del tiempo, recias aberturas de hierro forjado y una torre cuadrangular que servía de mirador para vigilar la quietud del horizonte. En 1786, este puesto cobró renombre bajo la tutela del cacique Vicente Barachúa, a quien las crónicas llamaban con respeto el "cacique Misay". Barachúa cuidaba allí cientos de animales, mientras las mujeres aborígenes producían jabones artesanales con la grasa obtenida a la orilla del agua. Pero el idilio conoció la tragedia: cuando las coronas de España y Portugal acordaron despojar a los jesuitas de sus dominios, una orden severa partió desde Yapeyú: retirar el ganado y prender fuego a las casas y capillas para que el enemigo invasor solo encontrara soledad y humo. Aquella fue la primera gran prueba de fuego que soportaron estos muros de piedra.
El siglo XIX despertó con el estruendo de los sables de la independencia y el alumbramiento de la República Oriental. Por el Paso de Guerrero, un vado de lecho de piedra natural donde las carretas y los soldados vadeaban las aguas rumbo a Salto y El Hervidero, marcharon los protagonistas de la gesta patria. Estas mismas tierras, adquiridas al Estado naciente en 1833 por don Ciriaco Sáenz de Baranda, pasaron luego a manos del ilustre Gabriel Antonio Pereira y del propio prócer y primer presidente del país, el General Fructuoso Rivera, junto a su esposa doña Bernardina Fragozo.
Hacia 1836, el destino del lugar se unió al de un personaje de novela: Don Felipe Argentó, un incansable pionero de origen catalán y aguerrido militar de la patria. Aprovechando la cantera de cal descubierta por el cura Solano García en las márgenes del arroyo, Argentó fundó el afamado Saladero San Francisco. A diferencia de los establecimientos ganaderos comunes, este complejo se consagró a la faena de caballos, aprovechando su grasa en monumentales ollas de hierro colado para fabricar jabones y velas. En torno a la fábrica nació un pintoresco pueblo obrero: decenas de familias habitaban pulcras casitas encaladas de techos rojos de tejas francesas, bajo el resoplido incesante de monumentales calderas a vapor traídas de ultramar.
Sin embargo, los vientos de las guerras civiles azotaron el establecimiento. En 1846, durante los choques armados de la Guerra Grande, fuerzas militares atacaron las instalaciones y las prendieron fuego, bautizando al paraje para siempre en la memoria de los paisanos con el melancólico apodo de "El Quemado". Lejos de claudicar, Argentó reedificó la factoría. Años después, en 1863, una partida de sicarios nocturnos rodeó la estancia para quitarle la vida; el viejo patriarca se apostó resueltamente en el antiguo mirador misionero y mantuvo a raya a los atacantes en la oscuridad con certeras amenazas, dando tiempo a que sus hijos escaparan descalzos por los desvanes traseros hacia la costa, donde un leal barquero vasco los embarcó a salvo río adentro. A fines de 1864, durante el sangriento Sitio de Paysandú en el que cayó su hijo mayor, tropas imperiales brasileñas saquearon las existencias e incendiaron por segunda vez la industria. El fuego devoró galpones y maquinarias, pero la vieja casa de piedra del casco original sobrevivió erguida entre las cenizas.
Al despuntar el siglo XX, la propiedad halló sosiego bajo el amparo de la familia Riet-Silveira. En 1927, las tierras se dividieron con justicia y Doña Umbilina Riet de Fernández asumió con orgullo la custodia del casco primitivo. Tiempo después, en 1979, su heredera Nelly Fernández Riet delimitó formalmente las 1.100 hectáreas que componen la identidad del actual Padrón 16. En 2004, una nueva etapa de compromiso comenzó cuando la familia Montanaro tomó el timón del establecimiento a través de Badipark S.A., asumiendo el deber sagrado de preservar las ruinas arqueológicas, revivir su legado y proteger su entorno salvaje.
Hoy, la Estancia San Francisco te invita a ti, caminante del mundo, a escribir tu propio capítulo en esta historia viva. En este predio de 1.100 hectáreas te aguarda un tesoro natural incomparable: 566 hectáreas de monte nativo rigurosamente protegido, una selva en galería virgen donde crecen sauces criollos, coronillas, arrayanes y espinillos que dan refugio a bandadas de aves autóctonas y fauna silvestre.
Caminar por estos senderos es una experiencia mágica: podrás internarte en el monte hasta toparte con las dos colosales calderas de vapor que el bosque nativo abrazó con enredaderas y raíces, contemplar las marcas de fuego antiguo en los muros que levantaron los indios guaraníes, o bajar a la costa a buscar el sosiego donde los antiguos cazadores chanás dejaban sus huellas en el barro.
Al caer la tarde, cuando el sol pinte de fuego el horizonte sobre el Río Uruguay y el cielo de Paysandú despliegue su manto infinito de estrellas, encenderemos el fogón. Sentado junto a las brasas, compartiendo un mate o una guitarra con aventureros llegados de todos los continentes, comprenderás que en la Estancia San Francisco no solo alquilas una cama: te hospedas dentro de un mito de dos siglos y medio de coraje y naturaleza.
Descuelga tu mochila, respira el perfume del monte y déjate abrazar por la leyenda.

Reglas de la casa

Entrada

12:00 - 21:00

Salida

hasta 12:00

  • Se aceptan niños
  • La tarjeta de crédito no ha sido aceptada
  • Se aceptan animales
  • Impuestos incluidos
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Servicios

  • Mapa de la ciudad gratis
  • WiFi Gratis
  • Cocina
  • Cocina
  • Piscina
  • Ducha con agua caliente
  • Sala común
  • Ropa de cama incluida
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Ubicación

Estancia Rincón del San Francisco, Lorenzo Geyres, Uruguay
A 14.2km del centro