8 cosas que aprendí como viajera en solitario por Sudamérica
El año pasado pasé seis meses viajando sola de Buenos Aires a Bogotá. Estas son algunas de las lecciones que aprendí viajando sola por Sudamérica..
1 – No eres una anomalía
Por la forma en que habla la gente, cualquiera diría que viajar sola es un invento nuevo. Nada más lejos de la realidad. Allá donde viajaba por Sudamérica, ya fuera a un campamento remoto en la selva amazónica, a un refugio en la ladera de una montaña o al pueblo más septentrional del desierto colombiano, apenas tenía tiempo de dejar las maletas antes de que apareciera una viajera solitaria para presentarse. Miraras donde miraras, había chicas geniales que tomaban sus propias decisiones, que iban de un punto a otro, que se alimentaban y bebían agua… Es casi como si esas mismas mujeres hubieran sido adultas capaces de mantenerse con vida todo este tiempo..
2 – Es relativamente fácil
Por supuesto, habrá momentos en los que querrás dejarte caer y que otro se ocupe de tus planes. Entonces, por supuesto, recuerdas que tienes lugares que quieres ver y cosas que quieres hacer, así que te levantas y las haces. En los albergues y en las empresas turísticas hay gente muy amable que te ayudará a planificar tu próximo viaje. Además, te encontrarás con los mejores guías turísticos… compañeros de viaje que ya han estado donde tú te diriges. Escuchar sus consejos resolverá la mayoría de tus dudas.

3 – Estar solo es agradable
Las primeras veces que haga cosas en solitario, sí, puede sentirse raro. Pero pronto, esos momentos en los que te sentías inseguro, llegar a una gran ciudad cuando se pone el sol, salir a comer solo, se convertirán en partes agradables de la experiencia: la promesa de nuevos amigos en nuevos destinos, la oportunidad de sentarse y apreciar las vistas durante la cena sin necesidad de entablar una charla ociosa. Es el momento de ir adonde uno quiera, comer donde uno quiera, sentarse donde uno quiera, dormir cuando uno quiera. Estar solo significa que puedes complacerte a ti mismo, y no hay nada más liberador.
4 – Tiempo para aprender lo que te gusta
Lo bueno de viajar es que te da tiempo para descubrir lo que más te gusta. En casa, nos obligan a asistir a conciertos, cenas y eventos que nos gustan, pero que quizá no serían nuestra primera opción si fuéramos los que tomamos las decisiones. Aquí, ¡tú llevas ese sombrero! Lo que haces cada día sólo tiene que ser un reflejo de lo que quieres hacer. Este es tu momento para aprovechar esas ansias, esos momentos de interés despertado, y explorarlos. Para eso estás aquí: para descubrir lo que te importa y lo que te hace feliz.

5 – Ninguna compañía es mejor que una mala compañía
Puede que al principio te juntes con la primera persona que conozcas, simplemente para tener al lado a alguien con quien tomar la caipirinha, pero pronto dejarás de hacerlo. Viajar te enseña a identificar con quién congenias, y rápido. De hecho, habrá tantos espíritus afines que cuando te des cuenta de que alguien no está en tu onda, estarás más que feliz de rechazar educadamente una invitación en favor de una hamaca y un buen libro. Conocerá a tanta gente que pronto descubrirá que no es necesario hacerse amigo de todos.
6 – La importancia de tomar decisiones sensatas
Sería ingenuo pensar que todos los lugares a los que vas son 100% seguros, pero en lugar de dejar que esto te abrume, aprendes rápidamente a tomar algunas decisiones sencillas que te hacen sentir automáticamente más seguro. Acciones como reservar un albergue con antelación, anotar la dirección y programar un autobús que llegue durante el día, te ayudarán a sentirte más tranquilo. Además, al no funcionar con el piloto automático como en casa, tus instintos te hablan alto y claro, y aprendes a escucharlos y a confiar en ellos.
7 – La planificación es limitada
Sí, vale la pena tener una ruta trazada, pero si te ciñes a ella demasiado estrictamente puedes perderte lo mejor del viaje. Nunca sabes a quién conocerás que te sugerirá un viaje por carretera, una excursión o una fiesta. Nunca sabes cuándo te toparás con un lugar que te hará desear quedarte allí un tiempo. Sé flexible ante estos lugares y acontecimientos inesperados. Si algo te parece bien, no te arrepentirás de cambiar de planes.

8 – Los retos acaban siendo lo mejor
Hubo un par de veces en mi viaje en las que pensé: «Amy, ¿a qué demonios estás jugando aquí? Ya fuera mientras subía resoplando por la ladera de una montaña o mientras miraba fijamente a los múltiples ojos brillantes de una tarántula, esos fueron los momentos que más me impactaron y que recuerdo con más cariño. No hay mejor sensación que enfrentarse a un reto del que no te creías capaz y salir triunfante. Te demuestra de qué estás hecho, y una vez que lo has visto, no lo olvidas.
Autora: Amy Baker. Visita su sitio web, dale a me gusta en su página de Facebook o síguela en Twitter.