Viajar: una decisión que me cambió la vida

No puedo decir que hubo un momento en que mi vida hizo un click y sintió la necesidad de salir de viaje. Me gusta creer que nací viajera. Mi familia me acostumbró a que cualquier día libre era la excusa perfecto para irse a algún lugar. No importa si era lejos o si era cerca, si era un parque o una ciudad. Cuando era chica mis papás preparaban la mesita y la heladera de camping y nos llevaban a mí y a mis hermanas a disfrutar del espectáculo que más disfrutábamos: ver como los aviones aterrizaban y despegaban constantemente en el aeropuerto de la ciudad de Buenos Aires.

Puedo decir que llevó el síndrome viajero en la sangre y por eso, ni yo ni nadie a mi alrededor sintió asombro cuando decidí organizar mi primer viaje sola. No tengo bien en claro por qué elegí Europa para ese primer gran viaje, muchas de las cosas que hago las empiezo a proyectar por medio de mis impulsos y hasta ahora no me fue nada mal. Pasé 35 días explorando el viaje continente y enamorándome a cada paso de sus ciudades, de sus comidas, de sus costumbres, de sus historias, de su gente y, sobre todo, de ese estilo de vida que los viajeros me demostraban que existía.

Lisboa-Portugal-2011

Ese viaje a Europa no solo representó poner a prueba el gran desafío real de estar conmigo misma las 24 horas del día, sino que también fue la primera vez que cambié los típicos quince días de vacaciones por algo un poquito más largo y, principalmente, más intenso.

Esos 35 días fueron el puntapié para entender que necesitaba algo más, que no me alcanzaba con dos semanas de vacaciones al año y que necesitaba ver el mundo más de otra forma. Unos meses después de mi regreso, sentí que la vida de oficina que poco tenía que ver conmigo me estaba consumiendo. No solo mis energías, sino mi vida. No podía mirar por la ventana sin imaginarme todo el mundo que estaba allá afuera esperando a que tomara la decisión de decir “lo dejo todo y me voy”. Los recuerdos de mi primer gran viaje se hacían cada vez más fuertes y entonces entendí que necesitaba dejarlos salir y expresarse. Unos días más tarde, abrí un blog y empecé a soñar en grande.

La idea de hacer un viaje realmente largo me invadía el cuerpo y la mente. Ya no había vuelta atrás. Hice números, presupuestos, miré mapas y me dejé llevar. Saqué un pasaje de ida a Nueva Delhi y uno de vuelta desde Bali, para tres meses después. Llegué a India acompañada por primera vez de una mochila y mucho antes de llegar a mi destino final en Indonesia, decidí perder el pasaje de vuelta y me dejé llevar además por los encantos de Nepal, Tailandia, Camboya, Vietnam, Laos, Malasia y Singapur.

Brunei-2015

Langkawi-Malasia-2016

Pero mi viaje no podía terminar ahí. Tenía una gran deuda pendiente con Roma, la ciudad que más me enamoró en Europa, y después de cuatro meses y unos días en Asia decidí instalarme por 40 días entre las gelaterías, las fontanas y los puestos de pizza al taglio para aprender más de la cultura italiana, de su gente y de su idioma.

Roma-2012

No quería volver, no sentía que era hora de volver pero algo adentro mío me decía que tenía que estar en Buenos Aires. La razón era el amor. Después de algunos meses de charlas virtuales, había llegado el momento de conocer cara a cara a la persona que había logrado despistarme en el viaje. Cuando conocí a Nico entendí que mis días de viajera solitaria se habían terminado. Era hora de aprender a viajar de a dos.

Bagan-2016

Los proyectos de viaje en pareja eran cada vez más reales y casi sin darnos cuenta, el 11 de octubre de 2014 nos despedimos de nuestra ciudad para empezar un desafío completamente diferente. Un año trabajando en Australia y el inicio a nuestra vuelta al mundo. Hoy después de 15 países de la mano y casi dos años en viaje, la aventura sigue sin fecha de vencimiento y sigo reconfirmando, a cada paso, que viajar es lo único que me hace sentir realmente libre.

Broome-Western-Australia-2015

Porque viajar me permite conectarme conmigo y con el otro de una manera más fuerte, más intensa, más real. Porque viajar es sinónimo de aprender a cada paso pero también de enseñar y compartir. Compartir las similitudes y las diferencias de nuestras culturas. Porque viajar también es entender que somos muy distintos pero también muy parecidos y que las fronteras son solamente líneas imaginarias. Pero, más importante aún, porque viajar es lo que me hace realmente feliz y en la vida, que es corta y una sola, lo que verdaderamente importa es ser feliz.

Por Mariana Mutti, autora del blog Bitácora Viajera 

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